martes, 6 de junio de 2017

EL DELIRIO DEL “SHOW DE TRUMAN”: ¿REALIDAD O FICCIÓN? Aportaciones del cine a la comprensión del primer episodio psicótico


Colaboración de Gregorio Montero González

“Buenos días… y por si no volvemos a vernos: buenos días, buenas tardes y buenas noches”
-Jim Carrey

“Aceptamos la realidad del mundo que nos presentan”
Ed Harris

Es bien conocido el interés de muchos psiquiatras y psicólogos por la literatura y el cine. Más allá de una actividad de ocio con la que disfrutar, charlar con la pareja o los amigos, algunas películas han abierto interesantes puertas en el mundo de la salud mental. Y el Show de Truman (The Truman Show, 1998), es, sin duda, un hit de los más recientes a pesar de que cumplirá los 20 años en breve. Uno de esos filmes que trasciende no solo por ser original ydecididamente, una gran película, sino por sus posibles lecturas. Donde unos ven una crítica a los excesos del mundo cinematográfico, otros van más allá y encuentran paralelismos con la sociedad actual y la política. Sin embargo, la que nos interesa, es mucho más inquietante: la historia pudiera ser real. ¿Está la sociedad llena de personajes como Truman? ¿Y si el Show de Truman estuviera siendo retransmitido 24 horas al día, 7 días a la semana, para una audiencia planetaria?

Detrás de la realidad presentada en la película, se encuentra una ventana abierta al mundo de la mente y la psicosis. Particularmente, nos puede ayudar a entender las fases prodrómicas/iniciales de la psicosis y cómo se desarrollan las ideas delirantes. Ni siquiera el mismísimo Krestchmer en su obra El delirio sensitivo de referencia habría plasmado de una forma tan gráfica la construcción de las ideas delirantes.

Todo comienza en Nueva York, año 2008. Joel Gold, psiquiatra de la clínica Bellevue y su hermano, el filósofo Ian Gold, acuñan el término síndrome de Truman o delirio del Show de Truman (The Truman Show Delusion) tras identificar que algunos pacientes presentan un tipo especial de trastorno delirante, de tipo persecutorio y referencial en el que la persona se siente el centro de un reality show. Se trata de casos excepcionales, la mayoría hombres blancos y jóvenes, como aquel chico que trató de escalar la Estatua de la Libertad convencido de que arriba del todo encontraría a su novia del instituto y podría finalmente liberarse del “show”.

Publicaron estos hallazgos y han escrito un libro acerca de cómo la cultura moldea la locura, Suspicious Minds: How Culture Shapes Madness (Free Press, 2015). Uno de sus artículos científicos más recientes sobre este tema es The "Truman Show" delusion: psychosis in the global village, publicado en la revista Cognitive Neuropsychiatry en 2012

Sin embargo, no han sido los únicos especialistas en salud mental que han hecho referencia a este cuadro. De hecho, la primera publicación científica que hizo mención a este síndrome no fue de los hermanos Gold ni de la tierra donde se rodó la película. Cruzando el charco, Paolo Fusar-Poli y Oliver Howes (King´s College, Londres) publicaron en Inglaterra el primer caso en 2008, en una carta dirigida al British Journal of Psychiatry (‘Truman’ signs and vulnerability to psychosis). Lo denominaron también Truman Syndrome. Se trataba de un varón joven que presentaba clínica similar a la de Truman: extrañeza hacia el entorno, sensación de que el mundo no era real y de que las personas eran actores. Inicialmente no fue diagnosticado de un trastorno psicótico y entró a formar parte de lo que conocemos como “en riesgo de psicosis” (“at risk mental state”). Sin embargo, posteriormente se acentuaron las ideas delirantes megalomaníacas y persecutorias y los trastornos del pensamiento, llegando a estar convencido de que era el protagonista de una película en un mundo “fabricado”. Aunque posteriormente sería diagnosticado de esquizofrenia, los autores  explican que el mayor interés de esta entidad reside en los estados prodrómicos previos a la psicosis.

En su experiencia clínica, encuentran que muchos de los individuos que consultan en fases previas a la esquizofrenia presentan una clínica similar a la que Jim Carrey protagoniza en la película y que podría explicarse en tres pasos críticos:
1)     Percepción de que la realidad ordinaria ha cambiado y adquiere un nuevo significado, inquietante e inicialmente oculto. Jim Carrey realiza una soberbia interpretación de esta fase que no es más que la denominada trema por los autores clásicos como Klaus Conrad en La esquizofrenia incipiente. Sin duda, una fase marcada por el ceño fruncido al que nos tiene acostumbrados este gran actor.
(Jim Carrey mirando al cielo tras ver caer un extraño objeto “de la nada”)


2)     Posteriormente, el sujeto inicia los movimientos para buscar las respuestas y el sentido de esta nueva realidad,  las “explicaciones de Truman”. Nuevamente, Conrad se adelanta al filme. Seguiríamos en la fase de trema, en un momento en el que se producen las denominadas conductas sin sentido. Si recordáis la película, Truman se pasa media película haciendo literalmente “el loco” y vagabundeando, aunque aún no ha elaborado una explicación de lo que ocurre. Otros autores han denominado a esta fase o a este proceso “chequeo de realidad” (reality check), muestra de que el sujeto ha perdido la sensación de familiaridad con el mundo, que cada vez le resulta más extraño e inquietante. Una imagen vale más que mil palabras, y una actuación de Jim Carrey, más que mil imágenes.

(Truman parando un autobús para probar que tiene una especie de “nuevos poderes”)

                  
3)     La tercera y última fase que describen en este desarrollo del cuadro psicótico supone la eclosión de la psicosis, una miríada de fenómenos extraños en forma de tsunami: profunda alteración de la experiencia subjetiva y de la conciencia de uno mismo, fases de despersonalización y desrealización, pérdida de la fluidez en el sentido de la identidad, “desincorporación” con establecimiento de una nueva relación con el cuerpo físico (disembodiment) y distorsiones del torrente de la conciencia (stream of consciousness, hecho del que se han hecho eco también en otros ámbitos como el musical, y que por ejemplo da título a una de las canciones más famosas del grupo de rock progresivo Dream Theater). Se corresponde con las restantes fases descritas por Conrad: apofanía, anastrofé, apocalipsis y residuo.

La apofanía es la fase en la que se suceden fenómenos de percepción e interpretación delirante (fenómenos cotidianos adquieren un nuevo significado, usualmente muy poderoso, inquietante y dirigido hacia el sujeto). También se “descubren” patrones escondidos, que resultan incongruentes, ilógicos…De forma más reciente, este último fenómeno se ha definido como jumping to conclusions (“salto a las conclusiones”), definiendo gráficamente un proceso cognitivo anómalo por el cual, partiendo de hechos simples, se alcanzan conclusiones irracionales sin pasar por la cadena lógica de razonamiento y se sostienen con una rigidez propia únicamente del delirante. También en esta fase se producen las alucinaciones auditivas, sonorización del pensamiento, percepciones delirantes y fenómenos de influencia del pensamiento. Estaríamos hablando del primer episodio psicótico en toda su plenitud, la ruptura con la realidad externa e interna previa y la apertura hacia una nueva realidad.

Las restantes fases descritas por Conrad también aparecen en la película. Anastrofé, fase en la que se invierte el sentido de lo que sucede, dirigiéndose todo hacia el sujeto (auto referencialidad) y adquiriendo un carácter paranoide, persecutorio.

(En una de las imágenes más inquietantes de la película, Truman descubre que solo llueve encima de él…)


La siguiente fase, Apocalipsis, se caracteriza por una pérdida intensa de la energía, motivación y capacidad de disfrute del sujeto. Conrad lo explica como una consecuencia del barrido que ocasiona la eclosión de la psicosis, como un huracán que azota a la persona y a la conciencia que tiene de sí mismo y del mundo. Truman también pasa por este proceso en el filme.

Incluso la fase de residuo o encapsulamiento aparece durante unos minutos en la película, cuando Truman parece olvidar lo que ha ido “descubriendo” y vuelve aparentemente a su vida normal. Cosa que no dura mucho tiempo…
(Truman intenta salir del pueblo y es incapaz porque se suceden fenómenos extraños)


Un artículo más reciente, The Phenomenology and Neurobiology of Delusion Formation During Psychosis onset: Jaspers, Truman Symptoms, and Aberrant Salience, publicado en 2013 nada menos que en Schizophrenia Bulletin, expone las relaciones entre las descripciones de Jaspers y Conrad con el “Delirio del Show de Truman”, centrado en las fases iniciales de la psicosis y explicando la enormeimportancia de la saliencia en elorigen de lo que llamamos psicosis.

En definitiva, el “Delirio del Show de Truman” no es un nuevo diagnóstico, ni siquiera se trata de un paradigma tan novedoso a la vista de los autores clásicos que describieron cuadros con características muy similares, como Jaspers, Conrad y Kretschmer. La diferencia radica en el contenido (ser protagonista de un reality show). Se trata de una variante de los trastornos psicóticos ya conocidos, particularmente el trastorno por ideas delirantes (paranoia) y esquizofrenia paranoide. Sin embargo, por su valor gráfico y por tratarse probablemente de una de las películas que mejor escenifica las fases prodrómicas e iniciales de la psicosis, merece la pena una “revisita”, como dicen los anglosajones, y reservar un hueco para volver a disfrutar de esta gran película con esta nueva perspectiva, una perspectiva delirante… ¿O no?


Colaboración de Gregorio Montero González

domingo, 4 de junio de 2017

El Cerebro Altruista


Colaboración de Juan Medrano

Reconocido experto en los efectos de las hormonas sobre la conducta y director del Laboratorio de Neurobiología y Conducta de la Universidad Rockefeller, Donald W Pfaff (1939) defiende en “The altruistic brain: How we are naturally good” la tesis que el ser humano es buena gente por naturaleza, hasta el punto de que la respuesta conductual por defecto es la respuesta moral, de ayuda, solidaridad y apoyo. Pfaff plantea que esta respuesta moral no se calcula, no es racional, sino más cercana a lo emocional y a lo automático, porque nuestro cerebro viene de serie altruista, preparado o cableado para el comportamiento moral, al estilo de la preparación que según Chomsky trae de fábrica para la gramática.


La especie humana es la especie cooperadora por naturaleza. Pero además, puede contribuir a la disposición a la conducta moral la importancia que en las sociedades humanas y primates en general tiene la reputación de cada individuo, como se demuestra en la obra de De Waal, por ejemplo. Ayudar a los demás favorece el establecimiento de alianzas y refuerza la posición y la imagen de cada cual, al tiempo que si invocamos la idea de la selección por parentesco, en la medida en que los grupos que practican la solidaridad y el apoyo hay genotipos compartidos se beneficiarán de conductas que favorezcan la supervivencia del mayor número posible de sus miembros. El hecho de que la solidaridad y la compasión son consustanciales a nuestra especie cuenta, asimismo, con un creciente refrendo arqueológico, con el hallazgo del cuidado con que se enterraba a niños en un yacimiento austriaco, hace más de 25000 años, los indicios sólidos de la supervivencia y el especial rito funerario destinado a otro menor con un importante traumatismo craneoencefálico en Israel o los aún más remotos del apoyo a niños con discapacidades importantes en Atapuerca. La antigüedad de estos hallazgos sugieren que la capacidad de conmoverse y el impulso a la solidaridad son en el ser humano más un factor intrínseco de la especie que un añadido cultural.

Para Pfaff son de importancia habilidades generales de nuestra especie que tienen su trasunto en la actuación moral: anticipación de consecuencias, capacidad para enjuiciar y posibilidad de elegir entre alternativas. Cita a Hoffman para referir al elemento más filogenético y evolutivo de estas capacidades: “aunque ningún primate contemporáneo parece tener sistemas morales como los nuestros, sí poseen los ingredientes conductuales necesarios –apego, vinculación, cooperación, abandono y detección de abandono, empatía- para lo que se ha dado en llamar “sentimientos premorales”. El altruismo recíproco es una forma de sentimiento premoral que requiere la capacidad de dar y aceptar beneficios, previendo o anticipando el compromiso de devolución de la ayuda”.

Gran parte del libro que comentamos se dedica a la presentación de su teoría de cerebro altruista, junto con sus bases neurofisiológicas. Para nuestro autor, la decisión moral de ayuda sigue cinco pasos, cada uno de los cuales estaría sustentado por mecanismos identificados en el cerebro para habilidades o funcionamientos más generales. El primer paso consiste en la representación o simulación mental de la acción necesaria (ayudar a una persona necesitada porque, pongamos como ejemplo, se encuentra en peligro). El segundo paso es la percepción de la persona que será objeto de la conducta altruista. Cuando el actor no se encuentra frente a esa persona (por ejemplo, cuando se entera de que hay alguien en una situación comprometida a una cierta distancia) la percepción se consigue bien mediante la visualización mental de esa persona, si la conoce, bien mediante la de una especie de “individuo genérico”, una imagen estándar del ser humano, como una persona anónima que puede requerir apoyo (como víctima de un siniestro, de una catástrofe natural). La consecuencia de esta doble vía de representación es que nos movilizamos para socorrer o apoyar a alguien conocido que sabemos que está en dificultades, pero también lo hacemos, con los matices que se quieran poner, para contribuir a la ayuda internacional a las víctimas de un terremoto, y en este segundo caso lo hacemos no porque conozcamos su nombre o sus rasgos, sino porque son representadas en nuestra mente por la figura humana genérica.

El tercer paso, según Pfaff, es la fusión de la imagen del autor con la del objeto de la ayuda. Se debe a un aumento de la excitabilidad neuronal cortical, de modo que la activación de las neuronas que representan a la otra persona o al humano genérico sufriente se excitan al tiempo las que representan al autor. Para esto existen al menos tres mecanismos identificados. El primero es la reducción de la inhibición cortical por disminución de la actividad de sinapsis inhibitorias; uno se siente tentado a pensar que la clásica “exaltación de la amistad” que se describe en la intoxicación por etanol tiene su origen en este mecanismo de fusión por inhibición de la inhibición. El segundo es la activación de puentes intercelulares (gap junctions) que potencian la comunicación de modo que se comparte más información. El tercer mecanismo que propone Pfaff es la acción excitatoria de la acetil colina. También participarían en este tercer paso las neuronas espejo, que reflejan y representan las acciones de los otros y son un mecanismo de identificación. En situaciones en las que hay una intensificación de cualquiera de estos mecanismos se produce una fusión de la información, de modo que, por ejemplo, aumentan los errores en la discriminación de caras. En el marco de la teoría del cerebro altruista, la existencia de estos mecanismos y la constatación de sus efectos permiten plantear que es posible que el impulso de ayuda se deba a que la diferencia entre autor (benefactor) y objeto (beneficiado) se difuminen hasta prácticamente anularse. Dicho de otra manera, el actor, fusionado con la persona a la que ayuda, estaría ayudándose en virtud de este paso que difumina la diferencia y favorece la integración de los dos individuos a un nivel neorofisiológico.

El cuarto paso es el que pone en marcha al cerebro altruista, y consiste en la activación del interruptor ético, por denominarlo de una manera operativa. Con este paso, el actor se dispone a hacer lo que querría para sí. El principio de la ayuda basada en dar o hacer lo que uno querría recibir o que se le hiciera es universal, como plantea Pfaff. Hunde sus raíces en muchas tradiciones filosóficas, culturales y religiosas y, por tanto, habla más de lo que es humano “de serie” y nos viene dado que de lo que es adquirido a través de la educación, la cultura o la religión de cada grupo. Lleva de la fusión - identificación del paso previo a la empatía y, explica nuestro autor, puede vincularse a fenómenos neurofisiológicos en los que la amígdala juega un papel importante. En tanto que es así, en tanto que filogenéticamente antiguo y neuroanatómicamente profundo, el acto altruista es más emoción que razón.

El quinto y último paso es la realización del acto. Pfaff remite a los mecanismos que ponen en marcha la conducta motora, sin olvidar la valencia positiva (favorecedora de la acción) o negativa (inhibitoria a través del asco moral) con que la carga la actividad de la ínsula.

Para explicar el trasunto neurofisiológico (y por lo tanto consustancial, y por lo tanto, seleccionado) Pfaff ofrece documentadísimas observaciones sobre los mecanismos íntimos del altruismo, en los que –somos mamíferos- la relación sexual (hormonas sexuales) o el vínculo maternofilial (oxitocina) o la solidaridad de la pareja para sacar adelante a las crías (hormonas sexuales y oxitocina) son la base para que impulsos más elementales y orientados hacia la procreación, se extiendan al grupo de humanos.

Expuesta a grandes rasgos la teoría, merece la pena hacer hincapié en algunos aspectos importantes, planteados por el propio autor en una serie de capítulos que vienen a ser corolarios de la idea del cerebro altruista y sus bases experimentales. También propondremos algunas ideas que Pfaff no desarrolla pero que ciertamente podrían derivarse de su planteamiento de que el ser humano tiende al apoyo y cómo se articulan los mecanismos que sustentan esta tendencia.
Donald Pfaff


-El paso 4 de la teoría, señala Pfaff nos explica por qué no actuamos habitualmente mal contra los demás. No querríamos causarnos daño, por lo que una vez fusionados con el objeto (paso 3) sería ilógico dañarlo. Por otra parte, la valencia negativa de algunos actos impide el desarrollo de conductas lesivas hacia otros.

-Igualmente, explica nuestro autor, su teoría permite plantear una explicación para la sociopatía, que sería que en estos individuos habrá defectos en al menos los pasos 3, 4 y 5

-El papel de la cultura, explica Pfaff, no queda excluido por su teoría de la disposición innata a obrar moralmente. De hecho, ese papel consistiría en la potenciación del altruismo innato. Si algo caracteriza al cerebro es su plasticidad, que a su vez supone la modificación de sus capacidades. Aunque el altruismo sea una capacidad innata y no algo que deba infundirse, sí puede incrementarse, mejorarse, ampliarse. La práctica altruista enriquece y fortalece los circuitos altruistas de la misma manera que hacer pesas aumenta el volumen y la fuerza del bíceps. Una educación en valores, una valoración (si vale el término) del altruismo, reforzará los comportamientos solidarios y de ayuda.

-A la luz de la teoría de Pfaff tiene sentido la sugerencia de Pinker  en “Los ángeles que llevamos dentro” acerca de la importancia de la literatura y en particular la narrativa en el descenso de las conductas violentas en los últimos años. El autor canadiense sugiere que la novela identifica al lector con los personajes, le hace compartir emociones y por tanto empatizarlas y, en el contexto de la teoría del cerebro altruista, aumentaría la disposición al paso 3 de la teoría. Aquí se harían selectivamente pesas para la fusión con el objeto de la ayuda.

-También desde la perspectiva de Pfaff es posible encontrar un especial sentido al mecanismo para disponer a cualquier ser humano hacia la victimización de sus semejantes. Los ideólogos de los genocidios pueden ser monstruos, pero los ejecutores de la monstruosidad suelen ser personal muy vulgares que no serían activados por las consignas de sus líderes sin no se produjera el paso previo de la deshumanización de las víctimas. Para ser exterminados, los judíos, los bosnios, los armenios, los serbios, los croatas, los negros africanos, los indígenas americanos, tuvieron que ser previamente ser vistos como no-humanos por sus victimarios. El trabajo del líder malvado es convencer a su masa de que nada tiene que ver con el colectivo al que se ataca. En términos de Pfaff, la deshumanización es una abolición del paso 2 que impide que se produzca el paso 3.

-En paralelo, esos líderes perversos buscan la consolidación de la vivencia de pertenencia al grupo y la defensa colectiva e interindividual frente a un exogrupo amenazante o presentado como tal. La base neuroendocrinológica bien podría atribuirse a la oxitocina, una hormona que dispone a la socialización y la ayuda intragrupo, y a la defensa de la prole (o de los allegados, o de los comilitones, o de los compatriotas, o de los correligionarios) contra el grupo extraño, externo, peligro potencial, para lo que cada vez hay más apoyo científico, e incluso antropológico.
Una visión optimista de la Oxitocina


-La agresión sexual podría relacionarse con una “separación” de la víctima: la mujer agredida se convierte en objeto sin derechos, se deshumaniza. No es posible así identificación ni mucho menos fusión alguna, y por tanto, no hay percepción de sufrimiento derivado de la violación.

-La idea de Pfaff de la importancia de la plasticidad cerebral y la influencia de la educación, puede pensarse que es posible la generalización del altruismo. Es decir, algo que trascienda el grupo íntimo y cercano, permitiendo que el ser humano amplíe el concepto genérico de quién es su igual (paso 2), de modo que la imagen con la que es posible fusionarse (paso 3). Cobra sentido aquí la propuesta religiosa del “todos somos hermanos” o la “brotherhood of men” (habría que decir, en tiempos de políticamente respetuosa terminología, “siblinghood of persons”, pero da la impresión de que esta construcción echaría por tierra la armonía de “Imagine”). Estas consignas proclaman la igualdad (identidad, fusión) de los seres humanos y representan un intento de extender el grupo y la solidaridad más allá de lo más básico, elemental y mediado por la oxitocina. Formar a los niños en el reconocimiento como iguales (en la identificación que favorezca la fusión) con otros colectivos generalizaría el impulso altruista y reduciría las posibilidades de actuación agresiva, violenta o egoísta. En otros términos, si el ser humano viene de fábrica con disposición a la ayuda intragrupal, en la medida en que seamos capaces de ampliar el grupo reconociendo a otros humanos como integrantes del mismo fomentaremos la solidaridad, la cooperación y la paz.

-Lamentablemente, si bien nuestra especie pudo progresar mediante la cooperación y la disposición de su cerebro hacia el altruismo, otro rasgo que nos caracteriza es el de la escisión o ruptura de los grupos, un fenómeno tan ubicuo que se han propuesto mecanismos evolucionistas y ecológicos para explicarlo. La escasez de recursos, la emergencia de nuevos líderes carismáticos, o simplemente la aparición de oportunidades de exploración o mejora de alternativas, hacen que el ser humano, solidario, cooperador, tienda a romper sus grupos que, una vez disueltos se convierten a menudo en enemigos difícilmente reconciliables. Las bromas entre vecinos (los chistes que bizkainos cuentan de gipuzkoanos y viceversa) no dejan de ser la manera benigna de trasladar al humor la tendencia a la deshumanización de otro muy cercano, para darle connotaciones negativas, como ser inferior, como malvado o como infiel en un impulso que posiblemente tenga su expresión más intensa en la violenta y genocida diferenciación religiosa y alfabética de serbios y croatas, un colectivo de origen e idioma común.



-En esta línea, asistimos al reconocimiento de derechos de grupos que una vez articulados ponen el acento en la diferencia y exigen (y de lo contrario se sienten agraviados) el cumplimiento de sus premisas, intereses y deseos o que pasan, paradójicamente, a cuestionar los de otros colectivos. La proliferación por decenas de “géneros” que reclaman la adaptación de la vida social a sus necesidades (o deseos, o intereses) corre el riesgo de convertirse no en el reconocimiento de la diferencia, sino en el mecanismo de diferenciación. No en el puente para la inclusión en el grupo, sino en la vía para la escisión a través del agravio real o supuesto. El cisma existente en el feminismo francés con la consolidación de un movimiento específico de “afromujeres” (Mwasi) es otro ejemplo de la tendencia humana a la separación. Y el emergente racismo “antiblanco” en algunos medios universitarios norteamericanos ilustra que una vez configurado el grupo, una vez consolidados los lazos de solidaridad intergrupales, una vez articulado el “nosotros”, cuesta poco identificar “ellos” enemigos, anatemizarlos y negar sus derechos.

-La dialéctica entre altruismo (y la posibilidad de extenderlo si ensanchamos el grupo) y la escisión (que genera más grupos y potencialmente más conflictos) se complica con el fenómenos de identificaciones que aparentemente están muy distorsionadas. El animalismo, con reconocimiento de los derechos de los animales y la incorporación al “nosotros” de primates, cetáceos, mamíferos en general, o cualquier otro grupo, no tiene por qué ser anómala ni criticable, indudablemente. Pero sí tiene algo de peculiar, extraño e incluso poco natural que la solidaridad hacia esas especies incorporadas a nuestro “nosotros” difumine la compasión hacia miembros de nuestra especie. La reacción hostil hacia un niño enfermo que quería ser torero, al que en las redes sociales alguna persona deseó la muerte, hace pensar en una aberración de los pasos 2 y 3 del cerebro altruista de Pfaff, en la medida en que se establecen vínculos e identificaciones más sólidas con el bovino torturado y herido de muerte que con el humano con una enfermedad mortal. En este sentido, no parece que tildar de inhumana esa reacción sea exagerado.

La teoría del cerebro altruista de Pfaff es atractiva y abre sugerentes posibilidades para explicar nuestra fisiología, nuestra psicología y nuestra conducta. Y también nuestra conducta patológica. Y aun nuestra conducta problemática, moralmente incómoda o que desearíamos cambiar, pero que no por ello deja de ser característicamente humana. Una vez más nos encontramos ante lo apasionante que es la indagación acerca de la naturaleza humana y lo tortuoso del camino para acercarse a su conocimiento.


 Colaboración de Juan Medrano

sábado, 3 de junio de 2017

La locura de la autoestima en USA

John Vasconcellos
Esta entrada es un resumen de un reciente artículo que cuenta la historia de la locura que se desató en los años 80 y 90 del siglo pasado en USA con la idea de que había que potenciar la autoestima de los niños para conseguir un mundo mejor. Creo que no es muy conocida y que merece la pena. La repercusión principal fue en la escuela pero el fenómeno impregnó toda la sociedad, a todo el mundo, desde ejecutivos a receptores de ayudas sociales, se les dijo que mejorar su autoestima  podría abrirles las puertas a más felicidad y éxito. El movimiento, que tuvo su epicentro en California, defendía que aumentar la autoestima podía reducir los delitos, los embarazos en adolescentes y hasta la contaminación atmosférica. Esta moda influyó en cómo se educó a toda una generación: los millenials. 

La idea central de este movimiento, que hay una relación causal entre autoestima y resultados positivos está desacreditada (más bien es al revés) pero todavía se sigue creyendo en ella porque es una idea muy satisfactoria e intuitivamente atrayente. En el origen de este movimiento se encuentra un político un tanto excéntrico: John Vasconcellos.  Vasconcellos era un inconformista e idealista que en cierto momento  se encontró con algunas investigaciones sobre la autoestima. Estas investigaciones decían que la gente con alta o baja autoestima reaccionaba de forma diferente ante las adversidades de la vida y los que la tenían alta reaccionaban de formas más positivas. Así que Vasconcellos pensó: si la baja autoestima se asocia a respuestas no adaptativas pues aumentar la autoestima de los niños acarreará un montón de beneficios.

Así que Vasconcellos inició una labor de cabildeo y de presión política para formar una comisión sobre la autoestima y en 1986 consiguió que el Gobernador de California George Deukmejian creara la California Task Force to Promote Sel-Esteem and Personal and Social Responsability, cuyo objetivo era explorar las formas de aplicar la autoestima a un conjunto de problemas sociales y el estado dotó al grupo de trabajo con un presupuesto de 245.000$ por año. Lógicamente, el líder del grupo era Vasconcellos. El grupo tardó en arrancar entre otras cosas porque les costó buscar una definición práctica de autoestima que al final fue: “apreciar mi propio valor e importancia y tener el carácter de ser responsable de mi mismo y de actuar responsablemente hacia los demás”.  Pero la idea sedujo a todo el mundo, republicanos y demócratas, si se invertía dinero en autoestima no haría falta luego tener que invertirlo en delitos y violencia, mejor prevenir.

Pero ya en 1984-1985 Roy Baumeister, que había hecho alguno de los trabajos iniciales sobre la autoestima empezó a ver con recelo toda la burbuja, siguió investigando el tema y fue descubriendo que las cosas no eran tan de color de rosa como se pintaban. Quizás no es la autoestima la que causa una mejor ejecución sino que es al revés, que la gente más inteligente y talentosa tiene mayor autoestima precisamente por sus logros. La evidencia que la Task Force de Vasconcellos había presentado, sobre todo en su libro de 1989 The Social Importante of Self-Esteem, era muy débil. 

Pero para entonces el boom mediático y social de la autoestima ya había explotado y la industria de la autoestima se convirtió en una parte importante de la más amplia industria de la autoayuda, que se estimaba en unos 10 billones de dólares (billones anglosajones). Los colegios pusieron en marcha programas y materiales de autoestima y también las empresas para mejorar la moral de sus empleados. Se crearon nuevas compañías que enseñaban autoestima y mucha gente encontró aquí un filón como Jack Canfield fundador de los Self-Esteem Seminar de Los Angeles que daba seminarios de 7 horas con videos, cintas y toda la parafernalia, libro incluido. En algunos estados se hicieron grupos para receptores de ayudas sociales para potenciar su autoestima y estos grupos, evidentemente, alguien tenía que darlos y cobrarlos.

La locura fue más grave en las escuelas. Uno de los ejercicios que se realizaba era el balón Koosh. Un niño le pasa el balón a otro y le dice: ”me gusta tu camisa”. Este niño se lo pasa al siguiente y le dice: “eres muy bueno jugando al fútbol” y así toda una cadena de cumplidos. Algunas escuelas dejaron de usar bolígrafos rojos porque el rojo podía herir la autoestima de los niños…la idea central era que no había que hacer que los niños se sintieran mal porque  eso les afectaría y disminuiría su rendimiento.

El caso es que a finales de siglo el establishment psicológico decidió estudiar críticamente el tema y la American Psychological Society  encargó a Baumeister y otros tres investigadores que revisar toda la literatura al respecto. En un artículo en 2005 contaron las malas noticias. Había muy pocos datos que apoyaran las ideas de Vasconcellos. Incluso en alguna áreas la autoestima se relacionaba con peor conducta, muchos criminales tenían una inmejorable idea acerca de sí mismos, ningún problema de autoestima. En otras áreas la correlación no implicaba causalidad. La autoestima en décimo curso no predice el rendimiento académico posterior, pero el rendimiento académico sí predice una mayor autoestima. Es más probable que la gente exitosa con alta autoestima tenga alta autoestima porque es exitosa que al revés.

Pero este fenómeno por el que estudios psicológicos preliminares son promocionados y se utilizan inmediatamente para vender cursos al estado y a la empresa privada se ha repetido muchas veces. Ocurrió luego con el tema de las poses de poder (que no se ha replicado) o con el test de asociación implícita. Se retiraron los ejercicios de autoestima de los colegios ¡pero se empezaron a usar los de poses de poder! Y ha vuelto a ocurrir lo mismo con el fenómeno del “grit", que podríamos traducir por perseverancia o fuerza de voluntad. Angela Duckworth señaló que esta característica de personalidad , definida como perseverancia y pasión por objetivos a largo plazo” predecía el éxito académico y en la vida posterior y todo el mundo se lanzó a dar cursos de perseverancia…el Departamento de Educación no tardó en recomendar intervenciones para mejorar el grit. Sólo que esta vez la reacción del mundo psicológico ha sido más rápida y se ha demostrado que el grit es en realidad lo mismo que la dimensión responsabilidad de los 5 Grandes de personalidad (Big Five) y que no se puede enseñar y parece que la fiebre ha descendido.

Todo lo que estamos comentando da para muchas reflexiones y enseñanzas. Una de ellas que la gente está deseando creer en historias bonitas y hay un permanente caldo de cultivo disponible, pero otra es que en el mundo de la psicología, autoayuda y demás hay muchos profesionales  buscando nuevas posibilidades de negocio constantemente y promocionando o subiéndose al carro de cualquier cosa que huela a dinero.

@pitiklinov

Referencia:


Para una visión más acertada de la autoestima ver la Teoría del Sociómetro de la Autoestima, de Mark Leary